Hace ya algunos años, allá por 1992, éste que os escribe comenzó lo que no pasaba de una simple escaramuza en defensa del idioma a través de la correcta ortografía, la adecuada sintaxis, el registro apropiado, en pro de las buenas formas. Por aquel entonces, cuando sabía acerca de las cosas del lenguaje mucho menos que hoy y, al presente, que, tal vez, comienzo a vislumbrar lo mucho que me falta por saber; lancé una mirada alrededor de limitada perspectiva y observé horrorizado cómo desde las propias instituciones, ya no hablar de medios de comunicación o publicidad, pasando por docentes de cualquier ramo, padres, vecinos, amigos, religiosos o laicos; se trataba con desidia esta cosa tan bonita del bien escribir, del bien hablar, de lo adecuado. Me invadió la terrible sensación de que se instalaba una nueva moda en la sociedad, quizás más cómoda, que derribaba los antiguos valores de lo bien hecho bien está y comenzaba a habitar entre nosotros la práctica de puede valer. Arrebatado por la airada fortaleza de la juventud de la que, parece, aún algo conservo, desterré de mi pensamiento la tentadora idea de pasarme al enemigo y decidí que podría con él, seguro de que cualquier gesto, por pequeño que fuera, animaría a otros como yo, quizás ocultos, a defender el bien más preciado del Homo Sapiens que es el idioma y su capacidad casi perfecta de comunicar, pues, amigos, creo yo que lo revolucionario de nosotros no es el Sapiens que nos apellida, ya que éste viene dado por el Loquens que nos diferencia. Parece evidente que nuestra restringida capacidad de saber se torna cuasi infinita gracias al lenguaje, a la comunicación, pues, si cuatro ojos ven más que dos, mil pensadores bien comunicados o cien mil o un millón o mil millones discurren también más. Eduardo Esclarín |
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